Lunes

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lunes, julio 28, 2014
Que por qué uso un lunes para escribir sobre el domingo, diréis.
Pues muy sencillo, porque el domingo es como ese niño al que de pequeño le dicen que es malo, tiene la etiqueta puesta y mientras la lleve a todas partes no dejará de ser eso, aunque en esencia no lo sea.
Al domingo le pasa lo mismo, si no sabes en el día que vives seguramente el domingo pasará desapercibido para ti pero si eres consciente de que estás viviendo un domingo, oh no, ya estás predispuesto a la melancolía, el aburrimiento, a echar de menos, a echar de más... vamos, a estar de domingo.
Porque el domingo se ha convertido hasta en un estado, en un sentimiento... que no es bueno, pero tampoco es tan malo como estar de lunes.
Si ayer hubiese querido escribir sobre los domingos no hubiera podido, de hecho, he de confesaros que lo intenté. Y no, no pude. Porque estaba de domingo, sin ganas de hacer nada y con toda mi intensidad en el punto más alto, llovía a cántaros dentro de mi cabeza: ideas, pensamientos, personas... como a diario, pero con un tono más gris, porque era domingo. 
Os estaréis preguntando: y qué puedo hacer si me entra un ataque de domingo? o lo que es peor, qué hago si me ataca el domingo directamente?
Pues, usando mi sinceridad aplastante, os diré que, o tienes la habilidad de vivir atemporalmente sin noción del tiempo y el espacio, o lo único que puedes hacer es aprender a reconocer que tu estado mental y emocional es como es porque efectivamente, es domingo, y que en cuanto sea lunes, desaparecerá.
También puedes aprender a no poner etiquetas, y vivir cada momento como si fuera único, independientemente del cómo, cuándo, dónde, por qué y con quién; pero eso, es mucho más complicado. Continue reading →

Houdini

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lunes, mayo 26, 2014

Abrí los ojos, todo seguía a oscuras. Era lo bueno de la caverna, siempre estaba a oscuras, pero llevaba tanto tiempo dentro de ella que sabía al milímetro dónde estaba todo, nada cambiaba dentro de aquel agujero. Y me encantaba, cualquier atisbo de luz habría roto todos mis esquemas.
El tiempo dentro de la caverna era lento, las horas pasaban minuto a minuto y yo estaba ahí, a oscuras, degustando mi oscuridad y mi vacío, sin siquiera ser consciente de que existía algo más allá.
Un día cualquiera de aquellos tantos, sonó un estruendo aterrador y me escondí en lo más profundo de mi cueva, esperando a que todo pasara para volver a mi vida normal. Pero alguien había reventado de una patada la entrada a mi caverna dejando entrar una luz cegadora que me dañaba los ojos, incluso estando cerrados.
Me puse en pie y me sentí inestable, mis pestañas entrelazadas se destrenzaron permitiéndome abrir los ojos poco a poco, dolía tanto aquella luz desconocida que fui avanzando medio a ciegas entre sombras. La luz cada vez era más intensa. Un miedo aterrador se apoderó de mí y me negué a avanzar. Me quedé ahí, estático.
Ese alguien que había destrozado los cimientos de mi caverna se adentró y me cogió de la mano, ¨lo haremos juntos¨ me dijo. Estaba tan aterrorizado que ni siquiera asimilé que había alguien más ahí, pero tenía que hacer algo, mi cueva había cambiado y ahora solo tenía una posibilidad: ir hacia adelante.
Dejé que me condujese a la salida y una vez allí me invitó a abrir los ojos, despacio pero sin miedo. Respiré y sentí todo diferente, pero no era malo, no estaba asustado. Cuando abrí los ojos... no puedo describir lo que vi, solo sé que era magia.



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Hipnosis

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viernes, marzo 21, 2014
Sus dedos largos de pianista acariciaron las paredes vacías.
Abrochó el último botón de su chaqueta y sin mirar atrás, salió de la estancia y cerró la puerta.
Respiró profundamente y miró al frente, un largo camino que recorrer. Otro camino, nuevo, lleno de posibilidades.
Cuánto le gustaba empezar de cero, esperar a que la vida trajese novedades para desenvolverlas como cuando era un niño y abría un regalo. A día de hoy, todavía le hacía ilusión abrir paquetes, aunque no fuesen regalos y supiera lo que había dentro.
Desenvolver secretos era su especialidad. Nunca supo por qué, pero la gente tendía a contarle sus secretos y él los ponía en cajitas para después desenvolverlos, despacio, con la ilusión de un niño.
Guardaba esas cajitas como su tesoro más preciado, tenía cajas de todos los tamaños y colores, algunas llenas de polvo, por todo el tiempo que llevaban guardadas.
No todos los secretos se desenvuelven fácilmente, pero si algo le caracterizaba, era su paciencia.
Avanzó como un caracol, siempre con la casa a cuestas, despacio, saboreando el camino, degustando cada momento vivido.
Se sentó en aquel taxi amarillo e indicó al conductor que le llevase al aeropuerto, estaba nervioso, nunca estuvo seguro de si lo vivido era un fracaso o una victoria, vivía en la línea. Le gustaban los límites, andar sobre la cuerda.
Nunca le gustaron los aeropuertos, olían a despedida y a pérdida, pero este también le olió a esperanza y le supo a reencuentro.
Dejó sus maletas junto a uno de esos nada cómodos asientos del aeropuerto y se dispuso a leer, cuando una señora de avanzada edad se sentó a su lado y le miró.
Los ojos de esa señora se le clavaron en el cerebro y en el alma, y supo que coleccionaría un secreto nuevo. Le devolvió la mirada y sonrió, esperando a que empezase a hablar. Pero no dijo nada.
Ella le devolvió la sonrisa, cogió su mano y la apretó entre las suyas. Después se levantó y se fue.
No entendió nada, pero nunca fue capaz de olvidar aquel momento. Solo el tacto de sus manos le transmitió tantas cosas, que supo, que aun sin hablar, aquella señora había abierto todas sus cajas y le había robado todos sus secretos. 
Y por una vez, con la mente en blanco, se sintió libre. Continue reading →

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