Paquidermos desmemoriados

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martes, agosto 14, 2018
Coleccionaba elefantes con la trompa hacia arriba. 
Le daban suerte, decía.
Y mientras llenaba su casa de paquidermos tallados en diferentes materiales, 
su vida se vaciaba, 
se desdibujaba, 
se deshacía, se desordenaba...
Hasta convertirse en un borrón. 
En una maraña enmarañada de recuerdos olvidados, 
ininteligibles hasta para el elefante con mayor memoria de la tierra. 
Qué paradójica es la vida, 
años coleccionando el símbolo de la memoria, 
para acabar perdiendo la suya a cada minuto que pasa, 
para acabar conservando apenas su nombre.
Lo demás no existe, 
o sí, 
pero está en otras cajas,
lejos, 
o en otros códigos. 
Yo no lo sé, 
solo lo sabe ella, que no recuerda las palabras para comunicarse conmigo, 
que no me recuerda a mí, 
o al menos  no lo que somos, 
quizá sí mi esencia.
Ella que ya no es quien fue, 
nosotras que no somos lo que fuimos. 
Ahora soy yo la que aprende a buscar el código para llegar a ella desde otro sitio. 
Como diría Rosalía, 
tengo su mirá, su mirá clavá. 
Y no me la quito. 
Y tampoco su sonrisa, cuando en esa mirada perdida de repente encuentra mis ojos 
y me ve, 
a mí, 
sin ni siquiera saber quién soy.
Es extraño, y duele. 
Pero es.  Continue reading →

Retrato de una sombra

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viernes, julio 20, 2018
Si no te conociera, 
me encantaría conocerte. 
Desenvolver tus capas, 
despacio,
degustándote
y sorprendiéndome
con cada uno de los recovecos de tu ser. 

Si no te conociera, 
me encantaría resolver tu puzle, 
compartir tus luces 
y esclarecer tus sombras, 
resolver tus enigmas
y guardar tus secretos. 

Pero no te conozco
porque no existes, 
porque no eres, 
porque no somos. 

Porque nunca fuimos, 
y nunca seremos. 

Porque eres aire
y yo soy fuego, 
del que quema, 
para bien y para mal. 

A nadie le gustan las cenizas.  Continue reading →

Mariposas

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sábado, marzo 24, 2018
Tengo una enredadera.
Una, que me sube por los tobillos 
y se me agarra a las entrañas.
Y me estruja, 
la muy puta, 
me estruja los adentros 
hasta que me quedo sin aire.

Y luego me suelta, 
y bailo, bailo, bailo 
hasta que no soy yo más.

Me convierto en aire y en música,
 libre, 
centésimas, 
nanosegundos de libertad absoluta.

Microyos bailando con mariposas muertas, 
enredadas en la enredadera que me oprime, 
que me ancla al suelo 
y tira de mi hacia abajo.

Y entonces descubro 
que bailar en el suelo me gusta, 
que tocar tierra es bien, 
que las raíces se echan solas,
quieras o no, 
y ser quien eres te hace libre.

Y aceptas la enredadera, 
dejas que se amolde a tu cuerpo, 
por dentro,
que se haga parte de ti.

Y entonces,
solo entonces,
cuando estás al borde de tu propio abismo,
las mariposas reviven.

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